Feb 10 2020

08/02/2020. La Trinchera

Texto: Javier Titos García | Fotos: José M. Cortés

091 volvieron a Málaga para terminar lo que empezaron

La banda granadina colgó el cartel de “no hay billetes” en la Sala Trinchera a su paso por la capital de la Costa del Sol para presentar su nuevo disco, La otra vida,  interpretando con solvencia y oficio el grueso de su nuevo trabajo discográfico después de 25 años, combinado con algunos de los temas más representativos de su repertorio clásico, en un concierto de cerca de dos horas en el que interpretaron 23 temas para delirio de una parroquia entregada en cuerpo y alma al rock sin etiquetas.

Noche de poco frío en el polígono industrial donde se encuentra la Sala Trinchera. Mientras José Manuel, el fotógrafo, y un servidor buscamos sitio para aparcar, asistimos al desfile de incondicionales de los 091 que se dirigen hacia la entrada del recinto. La cola se pierde a lo lejos, no quedan entradas. Algunos que no han podido hacerse con una pasean calle arriba con mensajes luminosos en las pantallas de sus móviles demandando una oportunidad para acceder al concierto, rezando porque alguien tenga una de más. Nos acreditamos y accedemos a uno de los templos de la música en directo de Málaga con la certeza de que asistimos a un momento histórico para el rock nacional. Poco a poco el aforo se va completando hasta que no cabe un alfiler. Cervezas que van y vienen, amigos de distintas ciudades andaluzas que se reencuentran para ver a los músicos de la ciudad del Darro. Las conversaciones giran, sobre todo, entorno a las sensaciones que ha producido el primer disco de estudio de los granadinos después de dos décadas y media. Opiniones de distinto pelaje, igual que en los grupos de Facebook donde hay a quien le encanta el disco y quien discute la calidad de los temas, una minoría, alegando que se han ablandado, que la incorporación de los teclados de Raúl Bernal resta personalidad al sonido actual de la banda…

Para gustos, colores, pero algunos se olvidan de que no es la primera vez que un teclado suena en un lp de 091, eso sí, en directo nunca había sucedido. En mi opinión, La otra vida es un trabajo honesto, de calidad, plagado de buenas canciones que acabarán convirtiéndose en himnos con el correr del tiempo. No es su mejor trabajo, ni falta que hace, para mí es un nuevo paso en una senda que abandonaron dejando huérfanos a muchos seguidores, que a base de plegarias y matraca en internet han conseguido que lo que parecía imposible se hiciera realidad, que volviéramos a disfrutar de una gira de presentación de disco. Se respiran las armonías personalísimas de los "Cero" de la última época salpimentadas con la evolución que ha tenido José Ignacio Lapido como compositor en sus últimos trabajos en solitario. Siguen ahí las referencias literarias, filosóficas, cinematográficas, el acervo cultural de un grupo de músicos orgullosos de haber nacido en la ciudad nazarí y que siempre se encargaron de gritarlo a los cuatro vientos en algunas de sus letras más celebradas. Desde la primera vez que escuché La otra vida tuve claro que era un disco, como los anteriores, facturado para su lucimiento en directo, sin trampa ni cartón, con una producción honesta, sin barroquismos ni excesos que no se pudieran defender en directo, y eso, visto el panorama actual, es toda una declaración de intenciones por parte de una de las bandas con más calidad de la historia de la música española. No se repiten, se reinterpretan los cánones que hicieron de sus composiciones uno de los mejores cancioneros del rock patrio; todo lo demás es buscarle tres pies al gato o tener muchas ganas de quejarse.

El concierto

Se apagan las luces, suena la intro y los seis pistoleros eléctricos acceden a la pasarela lateral que lleva al escenario, saludando a una audiencia exaltada que grita y aplaude porque sabe que lo bueno va a comenzar. Seis tipos vestidos de negro se ponen manos a la obra con sus instrumentos y la magia de los decibelios explota con la contundente batería de Tacho González que da inicio al que fue primer single del disco: Vengo a terminar lo que empecé, toda una declaración de intenciones que se veía venir desde su publicación como inicio de sus nuevos conciertos. Con esta canción comienza la descarga de artillería sónica que recibe el público vociferante funcionando por fin con el combustible musical de alto octanaje que esperaban recibir.

Siguen con Condenado, otro tema del nuevo lp, y se amarran los machos a continuación con una interpretación brutal de El baile de la Desesperación. Los hermanos Lapido alternan el protagonismo de guitarras con una precisión y saber hacer al alcance de pocos intérpretes en un continuo equilibrio de fuerzas al servicio de las canciones.

José Ignacio pertrechado con su inseparable Gibson SG salvo en el par de temas en que cambia a una Gibson Jumbo acústica. Víctor alterna su clásica Les Paul con una Fender Telecaster y, si la vista no me falla, una Jazzmaster preciosa que aportó interesantes cromatismos a algunos de sus arreglos.

Luego siguen con Zapatos de piel de caimán, Mañanas de niebla en el corazón, Naves que arden, Este es nuestro tiempo y Huellas, que conforman un inicio de repertorio estratosférico, con un José Antonio García en plena posesión de sus facultades vocales al frente del grupo salvaje. Tormentas imaginarias suena preciosa pero se antoja lenta de tempo. Siguen con Cartas en la manga, Por el camino que vamos y La noche en que la luna salió tarde. Tocan En la calle, y el concierto se vuelve de nuevo anfetamínico para dar paso a uno de los mejores temas del nuevo disco: Al final.

El sonido es bueno a pesar de que los teclados de Raúl Bernal se encuentran demasiado solapados tras el muro de sonido primigenio de la banda, en el que un Tacho González en estado de gracia a la batería se complementa a la perfección con las ejecuciones al bajo de Jacinto Ríos, que es el mejor en los coros, y que se desenvuelve con soltura durante todo el concierto alternando un Rickenbaker y un Fender. Me quedo con el primero, más contundente y afilado en los tonos medios, aunque el Fender aportó en algunos temas un sonido redondo y cálido fantástico.

Con Un cielo color vino bajan las revoluciones y se excita la melancolía para dar paso a uno de los momentos álgidos de la noche, cuando interpretan en su versión original La canción del espantapájaros; con la inconfundible armónica de José Antonio García convertida en protagonista de la introducción del tema. Y ya de ahí no baja el listón emotivo, continúan con la Torre de la Vela y La calle del Viento.

Están inspiradísimos, con la comodidad del que domina a la perfección el oficio, con las tablas que dan tantos kilómetros, sin adornarse con parafernalias innecesarias; austeros, con las canciones como único eje vertebrador del espectáculo.

Los bises

Tras abandonar por unos minutos el escenario vuelven por dos veces a ametrallar a los asistentes con una última salva de proyectiles en forma de notas que rebotan contra las paredes de la sala, en la que una iluminación correcta acentúa las emociones cuando los músicos interpretan Soy el Rey para abrir el primer bis. A continuación sonó Leerme el

pensamiento, una genialidad pop de Lapido incluida en el nuevo disco que da paso a Esta Noche. El primer bis termina con un clásico entre clásicos: Qué fue del siglo XX.

Vuelven a salir del escenario y regresan para quemar las naves con un final de catarsis roquera protagonizado por Otros como yo y la inmortal La vida qué mala es. Y ahí arde Troya, paso al frente de los forajidos resucitados frente a sus incondicionales devotos para saludar, en una noche para enmarcar donde los granadinos demostraron cómo ajustar cuentas con las injusticias del pasado demostrando que siguen llenando recintos y vendiendo discos, manteniendo un nivel, tanto en directo como en el estudio, al alcance de muy pocos. El tiempo lo pone todo y a todos en su lugar. La maniobra de resurrección dio para otra vida, ojalá sea larga y próspera por el bien de la afición y de la música.

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